Amalia

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Rosas lo abrió, y no bien hubo leído las primeras líneas, cuando una expresión de furor salvaje inundó su rostro, pero tan súbita que el señor Mandeville, que la había percibido con facilidad, quedó en duda si había sido acaso una ilusión de óptica o una realidad.

—Conque, señor Mandeville, usted se retira —dijo Rosas, interrumpiendo la lectura del pliego y extendiendo la mano al señor Mandeville, que ya estaba con el sombrero en la suya.

—Vuestra Excelencia descanse en sus amigos.

—¿Cuándo piensa usted despachar el paquete? —preguntó Rosas, sin haber oído siquiera las palabras del ministro.

—Pasado mañana, Excelentísimo Señor.

—Es mucho tiempo. Haga usted trabajar bien a su secretario, y que el paquete salga mañana a la tarde, o más bien, hoy a la tarde, porque ya son las cuatro de la mañana.

—Saldrá a las seis de la tarde, Excelentísimo señor.

—Buenas noches, señor Mandeville.

Y se retiró este ministro después de tres o cuatro profundas reverencias.

—Corvalán, que acompañen al señor, y vuelva usted.


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