Amalia
Amalia —¡Señor, señor! ¿Qué le hago al gringo? —dijo Biguá.
Pero Rosas sin oírle se sentó, extendió el pliego sobre la mesa, y apoyando la frente sobre sus dos manos, continuó leyendo, mientras a cada palabra sus ojos se inyectaban de sangre, y pasaban por su frente todas las medias tintas de la grana, del fuego y de la palidez.
Un cuarto de hora después, él mismo había cerrado la puerta exterior de su gabinete y se paseaba por él a pasos agitados, impelido por la tormenta de sus pasiones, que se hubieran podido definir y contar en los visibles cambios de su fisonomía.