Amalia

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VIII. El amanecer

El alba del 5 de mayo había despedido al fin aquella triste noche, testigo de la ejecución de un crimen horrible y de la combinación de otros mayores.

La blanca luz de esa beldad pudorosa de los cielos que asoma tierna y sonrosada en ellos para anunciar la venida del poderoso rey de la Naturaleza, no podía secar, con el tiernísimo rayo de sus ojos, la sangre inocente que manchaba la orilla esmaltada de ese río, de cuyas ondas se levantaba, cubierta con su velo de rosas, su bellísima frente de jazmines. Pero argentaba con él las torres y los capiteles de esa ciudad a quien los poetas han llamado «La Emperatriz del Plata», la «Atenas», o la «Roma del Nuevo Mundo».

Dormida sobre esa planicie inmensa en que reposa Buenos Aires, la ciudad de las propensiones aristocráticas por naturaleza, parecía que quisiera resistir las horas del movimiento y la vigilia que le anunciaba el día, y conservar su noche y su molicie por largo tiempo todavía. En sus calles, espaciosas y rectas, se escondía aún, bajo los cuadrados edificios, alguna de esas medias tintas del claroscuro de los crepúsculos, que ponen en vacilación a los ojos, y en cierto no sé qué de disgustamiento el espíritu.


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