Amalia
Amalia Al cabo de veinte o veinticinco caídas del bastón, se paró delante de una puerta, que ya nuestros lectores conocen: era aquélla donde Daniel y su criado habían entrado algunas horas antes.
El paseante se reclinó contra el poste de la vereda, quitóse el sombrero y empezó a levantar los cabellos de su frente, como hacen algunos en lo más riguroso del estío. Pero, por casualidad, por distracción, o no sabemos por qué, sumergió sus miradas a derecha e izquierda de la calle, y después de convencerse de que no había alma viviente en una longitud de diez o doce cuadras a lo menos, se acercó a la puerta de la calle y llamó con el picaporte, desdeñando, no sabemos por qué, hacer uso de un león de bronce que servía de estrepitoso llamador.