Amalia

Amalia

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Agregad a esto un talle de doce pulgadas de circunferencia, sosteniendo un delicado vaso de alabastro en que parecía colocada, como una flor, aquella bellísima cabeza, y tendréis una idea medianamente aproximada de la joven del coche, vestida con un traje de seda color jacinto, y un chal de cachemira blanco, con guardas color naranja.

Había algo de aéreo, de vaporoso en esta criatura, que esparcía en torno suyo un perfume que sólo era perceptible al alma —alma de los que tienen el sentimiento de la belleza—. Fisonomía de perfiles, formas ligerísimamente dibujadas por el pincel delicado de la Naturaleza, más parecía la idealización de un poeta, que un ser viviente en este prosaico mundo en que vivimos. La joven pisó el umbral de aquella puerta y tuvo que recurrir a toda la fuerza de su espíritu, y a su pañuelo perfumado, para abrirse camino por entre una multitud de negras, de mulatas, de chinas, de patos, de gallinas, de cuanto animal ha criado Dios, incluso una porción de hombres vestidos de colorado de los pies a la cabeza, con toda la apariencia y las señales de estar, más o menos tarde, destinados a la horca, que cuajaba en el zaguán y parte del patio de la casa de doña María Josefa Ezcurra, cuñada de don Juan Manuel de Rosas, donde la bella joven se encontraba.


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