Amalia
Amalia No con poca dificultad llegó hasta la puerta de la sala y, tocando ligeramente los cristales, entró a ella esperando hallar alguien a quien preguntar por la dueña de casa. Pero la joven no encontró en esa sala sino dos mulatas, y tres negras que, cómodamente sentadas, y manchando con sus pies enlodados la estera de esparto blanca con pintas negras que cubría el piso, conversaban familiarmente con un soldado de chiripá punzó, y de una fisonomía en que no podía distinguirse dónde acababa la bestia y comenzaba el hombre.
Los seis personajes miraron con ojos insolentes y curiosos a esa recién venida en quien no veían los distintivos de la Federación, de que ellos estaban cubiertos en exuberancia, sino las puntas de un pequeñito lazo de cinta rosa, que asomaba por bajo el ala izquierda de su sombrero.
Un momento de silencio reinó en la sala.
—¿La señora Doña María Josefa está en casa? —preguntó la joven, sin dirigirse directamente a ninguna de las personas que se acaban de describir.
—Está, pero está ocupada —respondió una de las mulatas, sin levantarse de su silla.
La joven vaciló un instante; pero tomando luego una resolución para salir de la situación embarazosa en que se hallaba, llegóse a una de las ventanas que daban a la calle, abrióla, y llamando a su lacayo, dióle orden de entrar a la sala.