Amalia

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El lacayo obedeció inmediatamente, y luego de presentarse en la puerta de la sala le dijo la joven:

—Llama a la puerta que da al segundo patio de esta casa, y di que pregunten a la señora doña María Josefa si puede recibir la visita de la señorita Florencia Dupasquier.

El tono imperativo de esta orden y ese prestigio moral que ejercen siempre las personas de clase sobre la plebe, cualquiera que sea la situación en que estén colocadas, cuando saben sostenerse a la altura de su condición, influyó instantáneamente en el ánimo de los seis personajes que, por una ficción repugnante de los sucesos de la época, osaban creerse, con toda la clase a que pertenecían, que la sociedad había roto los diques en que se estrella el mar de sus clases oscuras, y amalgamádose la sociedad entera en una sola familia.

Florencia —en quien ya habrán conocido nuestros lectores al ángel travieso que jugaba con el corazón de Daniel— esperó un momento.

No tardó, en efecto, en aparecer una criada regularmente vestida, que le dijo tuviese la bondad de esperar un momento.


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