Amalia

Amalia

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—Me parece que no.

—¡Bah, bah, bah! —y soltó una carcajada infernal mostrando tres dientes chiquitos y amarillos, únicos que le habían quedado en su encía inferior—. ¿Sabe usted a cuántos se «agarraron» anoche? —preguntó.

—No lo sé, señora —contestó Florencia, ostentando la más completa indiferencia.

—A cuatro, hija mía.

—¿A cuatro?

—Justamente.

—Pero esos ya no podrán irse, porque supongo que estarán presos a estas horas.

—¡Oh! De que no se irán yo le respondo a usted, porque se ha hecho con ellos algo mejor que ponerlos en la cárcel.

—¡Algo mejor! —exclamó Florencia, como admirada, disimulando que sabía ya la suerte de aquellos infelices, pues que acababa de estar con la señora de Mansilla, y sabía ya las desgracias de la noche anterior, aun cuando ni una palabra sobre el que había tenido la dicha de libertarse de la muerte.

—Mejor, por supuesto. Los buenos federales han dado cuenta de ellos; los han… los han fusilado.

—¡Ah, los han fusilado!

—Y muy bien hecho; ha sido una felicidad aunque con una pequeña desgracia.


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