Amalia
Amalia La lisonja tiene más acción sobre los malos que sobre los buenos, y Florencia acabó de encantar a la señora con esta segunda ofrenda que le hacía.
—¡Y bien que le ayudamos al pobre! —contestó arrellanándose en el sofá.
—Yo no sé cómo Manuelita tiene salud. Pasa en vela las noches, según se dice, y esto acabará por enfermarla.
—Anoche, por ejemplo, no se ha acostado hasta las cuatro de la mañana.
—¿Hasta las cuatro?
—Y dadas ya.
—Pero ahora, felizmente creo que no tenemos ocurrencias ningunas.
—¡Bah! Cómo se conoce que no está usted en la política. Ahora más que nunca.
—Cierto. Yo no puedo estar en unos secretos que sólo usted y Manuelita poseen muy dignamente; pero pensaba que estando tan lejos Entre Ríos, donde es el teatro de la guerra, los unitarios de aquí no molestarían mucho al gobierno.
—¡Pobre criatura! Usted no sabe sino de sus gorras y de sus vestidos; ¿y los unitarios que quieren embarcarse?
—¡Oh, eso no se les podrá impedir! ¡La costa es inmensa!
—¿Que no se les puede impedir?