Amalia

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Y Florencia sacó del bolsillo de su vestido una carterita de marfil en donde había doblados cuatro billetes de Banco, que puso en la mano de doña María Josefa, y que no era otra cosa que ahorros de la mensualidad para limosnas y alfileres que desde el día de sus catorce años le pasaba su padre.

Desdobló los billetes, y dilató sus ojos para contemplar la cifra 100, que representaba el valor de cada uno; y enrollándolos y metiéndolos entre el vestido negro y el pecho, dijo con esa satisfacción de la avaricia satisfecha, tan bien pintada por Moliére:

—¡Esto es ser federal! Dígale usted a su mamá que le he de avisar a Juan Manuel de este acto de humanidad que tanto la honra; y mañana mismo mandaré el dinero al señor don Juan Carlos Rosados, ecónomo del hospital de mujeres —y apretaba con su mano los billetes, como si temiera se convirtiese en realidad la mentira que acababa de pronunciar.

—Mamá quedaría bien recompensada con que tuviese usted la bondad de no referir este acto, que para ella es un deber de conciencia. Sabe usted que el señor gobernador no tiene tiempo para dar su atención a todas partes. La guerra le absorbe todos sus momentos; y, si no fuesen usted y Manuelita, difícilmente podría atender a tantas cargas como pesan sobre él.


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