Amalia

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—Si yo no conociera a doña Matilde y su familia, creería que se había vuelto unitaria; porque ahora se conocen a las unitarias por el encerramiento en que viven. ¿Y sabe usted por qué se encierran esas locas?

—¿Yo? No, señora. ¿Cómo quiere usted que yo lo sepa?

—Pues se encierran por no usar la divisa como está mandado, o porque no se la peguen con brea, lo que es una tontería, porque yo se la remacharía con un clavo en la cabeza para que no se la quitasen ni en su casa; y… pero tampoco usted, Florencita, la trae como es debido.

—Pero, al fin, la traigo, señora.

—¡La traigo, la traigo! Pero eso es como no traer nada. Así la traen también las unitarias; y aunque usted es la hija de un francés, no por eso es inmunda y asquerosa como son todas ellas. Usted la trae, pero…

—Y eso es cuanto debo hacer, señora —dijo Florencia interrumpiéndola y queriendo tomar la iniciativa en la conversación para domar un poco aquella furia humana, en quien la avaricia era una de sus primeras virtudes.

—La traigo —continuó—, y traigo también esta pequeña donación que, por la respetable mano de usted, hace mamá al hospital de mujeres, cuyos recursos están tan agotados, según se dice.


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