Amalia
Amalia —Lo que usted oye —repitió doña María Josefa, cuyo flaco era contar sus hazañas, criticar a Victorica y procurar que la admirasen los que la oían.
—Lo creeré porque usted lo dice, señora —continuó Florencia, que iba entrando a carrera por la cueva en que aquella fanática mujer guardaba mal velados sus secretos.
—¡Oh! Créame usted como si lo viera.
—Pero habrá puesto usted cien hombres en persecución del prófugo.
—Nada de eso. ¡Qué! Mandé llamar a Merlo que fue quien los delató; vino, pero ese animal no sabe ni el nombre ni las señas del que se ha escapado. Entonces mandé llamar a varios de los soldados que se hallaron anoche en el suceso; y allí está sentado, en la puerta de la sala, el que me ha dado los mejores informes. Y… ¡verá usted qué dato! ¡Camilo! —gritó, y el soldado entró a la sala y se acercó a ella con el sombrero en la mano—. Dígame usted, Camilo —continuó aquélla—, ¿qué señas puede usted dar del inmundo asqueroso salvaje unitario que se ha escapado anoche?
—Que ha de tener muchas marcas en el cuerpo, y que una de ellas yo sé dónde está —contestó con una expresión de alegría salvaje en su fisonomía.
—¿Y dónde? —preguntó la vieja.
—En el muslo izquierdo.
—¿Con qué fue herido?