Amalia

Amalia

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—Con sable, es un hachazo.

—¿Está usted cierto de lo que dice?

—¡Cómo no he de estar cierto! Yo fui quien le pegué el hachazo, señora.

Florencia se echó atrás, hacia el ángulo del sofá.

—¿Y lo conocería usted si lo viera? —continuó doña María Josefa.

—No, señora, pero si lo oigo hablar le he de conocer.

—Bien, retírese usted, Camilo. Ya lo ha oído usted —prosiguió la hermana política de Rosas, dirigiéndose a la señorita Dupasquier, que no había perdido una sola palabra de la declaración del bandido— ¡ya lo ha oído usted, herido en un muslo! ¡Oh, es un descubrimiento que vale algunos miles! ¿No le parece a usted?

—¡A mí! Yo no alcanzo, señora, de qué importancia pueda serle a usted el saber que el que se ha escapado tiene una herida en el muslo izquierdo.

—¿No lo alcanza usted?

—Ciertamente que no; pues supongo que el herido a estas horas estará curándose en su casa o en alguna otra, y no se ven las heridas a través de las casas.


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