Amalia

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—¡Pobre criatura! —exclamó doña María Josefa riéndose, alzando y dejando caer su mano descarnada y huesosa sobre la rodilla de Florencia—. ¡Pobre criatura! Esa herida me da tres medios de averiguación.

—¡Tres medios!

—Justamente. Óigalos usted y aprenda algo: los médicos que asistan a un herido; los boticarios que despachen medicamentos para heridas, y las casas en que se note asistencia repentina de un enfermo. ¿Qué le parece a usted?

—Si usted los halla buenos, señora, así serán, pero en mi opinión no es gran cosa lo que se podrá adelantar con esos medios.

—¡Oh!, pero tengo otro de reserva para cuando con ésos no logre nada.

—¿Otro medio más?

—¡Por supuesto! Los que he indicado son para las diligencias de hoy y de mañana; pero el lunes ya tendré, cuando menos, una pluma del pájaro.

—Me parece que ni el color de las plumas ha de ver usted, señora —respondióle Florencia con una sonrisa llena de picante y de gracia, calculada para irritar y dar movimiento a aquella máquina de cuchillos que tenía a su lado.

—¡Que no! Ya verá usted el lunes.

—¿Y por qué el lunes y no otro día cualquiera?


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