Amalia
Amalia —¿Por qué? ¿Usted cree, señorita, que las heridas de los unitarios no vierten sangre?
—Sí, señora, vierten sangre como las de cualquier otro; quiero decir, deben verterla; porque yo no he visto jamás la sangre de ningún hombre.
—Pero los salvajes unitarios no son hombres, niña.
—¿No son hombres?
—No son hombres; son perros, son fieras, y yo andaría pisando sobre su sangre sin la menor repugnancia.
Un estremecimiento nervioso conmovió toda la organización de la joven, pero se dominó.
—¿Conviene usted, pues, en que sus heridas vierten sangre? —continuó doña María Josefa.
—Sí, señora, convengo.
—Entonces, ¿convendrá usted también en que la sangre mancha las ropas con que se está vestido?
—Sí, señora, también convengo en ello.
—¿Que mancha las vendas que aplican a las heridas?
—También.
—¿Las sábanas de la cama?
—Así debe ser.
—¿Las toallas en que se secan las manos los asistentes del enfermo?
—También puede ser.
—¿Cree usted todo esto?