Amalia
Amalia —Sí, señora, lo creo, pero todas esas cosas me intrigan, y lo que más puedo asegurar a usted es que no entiendo una palabra de lo que quiere usted decirme.
Y en efecto, Florencia, con toda la vivacidad de su imaginación, hacía vanos esfuerzos por alcanzar el pensamiento maldito a que precedían aquellos preámbulos.
—¡Toma! Vamos a ver. ¿Qué día reciben la ropa sucia las lavanderas?
—Generalmente el primer día de la semana.
—A las ocho o las nueve de la mañana, y a las diez van con ella al río, ¿entiende usted ahora?
—Sí —contestó Florencia asustada de la imaginación endemoniada de aquella mujer, que le sugería recursos que no habrían pasado por la suya en todo el curso de su vida.
—La lavandera no ha de ser unitaria, y aunque lo fuese, ella ha de lavar la ropa delante de otras, y yo daré mis órdenes a este respecto.
—¡Ah, es un plan excelente! —dijo la joven que ya hacía un gran esfuerzo sobre sí misma para soportar la presencia de aquella mujer, cuyo aliento le parecía que estaba tan envenenado como su alma.
—¡Excelente! Y sé que no se le habría ocurrido a Victorica en un año.
—Lo creo.