Amalia
Amalia —No es nada, señora —dijo Florencia que, en efecto, estaba pálida como una perla, porque toda su sangre se detenÃa en su corazón.
—¡Bah! —exclamó doña MarÃa Josefa, soltando una carcajada estridente—. ¡Bah, bah, bah! Y eso que no le digo todo. ¡Lo que son las muchachas!
—¡Todo! —exclamó Florencia.
—No, no quiero poner mal a nadie —y seguÃa riéndose a carcajada tendida, gozando de los tormentos con que estaba torturando el corazón de su vÃctima.
—Señora, yo me retiro —dijo Florencia, levantándose casi trémula.
—¡Pobrecita! TÃrele bien de las orejas, no se deje engañar —y, sin levantarse, soltaba de nuevo sus malignas carcajadas, y era la risa del diablo la que estaba contrayendo y dilatando la piel gruesa, floja y con algunas manchas amoratadas, de la fisonomÃa de esa mujer, que en ese momento hubiera podido servir de perfecto tipo para reproducir las brujas de las leyendas españolas.
—Señora, yo me retiro —repitió Florencia, extendiendo la mano a quien acababa de enturbiar en su alma el cristal puro y transparente de su felicidad, con la primera sombra de una sospecha horrible sobre la fidelidad de su amante.