Amalia
Amalia —Bien, mi hijita, adiós. Memorias a mamá, y que se mejore para que nos veamos pronto. Adiós, y abrir los ojos, ¡eh! —y riéndose todavía, acompañó a la señorita Dupasquier hasta la puerta de la calle.
La infeliz joven subió a su carruaje, y tuvo que desprender los broches del vestido que oprimía su cintura de sílfide, para poder respirar con libertad, pues en ese momento estaba a punto de desmayarse. En Florencia había una de esas organizaciones desgraciadas que carecen de esa triste consolación del llanto, que indudablemente arrebata en sus gotas una gran parte de la opresión física en que ponen al corazón las impresiones imprevistas y dolorosas.
La reflexión, esa facultad que levanta al hombre a la altura de la Divinidad, que lo ha creado y que, sin embargo, suele servirnos muchas veces para dar amplificación a los males de que queremos libertarnos con ella, vino a llenar de sombras el espíritu impresionable de aquella joven.