Amalia
Amalia —Con un vestido blanco con listas verdes, todo abierto por delante y atado a la cintura.
—¡Bellísima descripción! Eso se llama un batón de mañana, Fermín. ¡Qué linda estaría! Y bien ¿qué más?
—Nada más.
—Eres un tonto.
—Pero, señor, si no tenía otro vestido.
—Sí, pero tenía zapatos o botines, tenía algún pañuelo, alguna cinta, alguna otra cosa, en fin, que tú has debido ver para contármelo todo.
—¡Y cuándo iba a fijarme en todo eso, señor! —respondió el criado de Daniel, con esa calma y esa expresión burlona en la fisonomía, peculiares al gaucho; porque Fermín lo era por su primera educación, aun cuando los hábitos de la ciudad habían corregido mucho aquellos de su niñez.
—Peor para ti. Vamos a otra cosa. ¿Quiénes están ahí?
—La mujer a quien fui a llamar de parte de usted y don Cándido.
—¡Ah! Mi maestro de palotes; ¡el genio de los adjetivos y de las digresiones! ¿Y qué motivo lo trae por esta casa? ¿Sabes algo de eso, Fermín?