Amalia
Amalia —No, señor. Me ha dicho que tiene precisión de hablar a usted; que hoy a las seis vino y halló la puerta cerrada, que volvió a las siete, y desde esa hora está esperando a que usted se levante.
—¡Diablo! Mi antiguo maestro de escritura no ha perdido la costumbre de incomodarme, y habría querido que me levantase a las seis de la mañana. Hazlo entrar a mi escritorio, pero después que se haya retirado doña Marcelina, y ésta puede entrar ya —dijo Daniel, poniéndose una bata de tartán azul, que hacía resaltar la blancura de sus lindas manos, porque eran, en efecto, manos que podrían dar envidia a una coqueta.
—¿La hago entrar aquí? —preguntó Fermín como dudando.
—Aquí, mi casto señor Don Fermín. Me parece que no hablo en griego. Aquí, a mi alcoba, y ten cuidado de cerrar la puerta del escritorio que da a la sala, y también la de este aposento cuando entre esa mujer.
Un momento después, un ruido como el que hace el papel de una pandorga cuando acaba de secarse al sol y el niño lo sacude para ver si está en estado de pegarse al armazón, anunció a Daniel que las enaguas de doña Marcelina venían caminando a par de ella por el gabinete contiguo.