Amalia

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—La necesito a usted, doña Marcelina —le dijo, haciéndole señas de que ocupase una silla frente a él.

—Siempre estoy a las órdenes de usted, señor don Daniel —contestó la recién venida, sentándose y estirando el vestido por los lados, tomándolo con la punta de los dedos, como si fuese a bailar el circunspecto y gentil minué de nuestros padres; haciendo que la silla desapareciese bajo tan voluminosa nube.

—Ante todas las cosas ¿cómo va la salud y cómo están en casa? —preguntó Daniel, que era hombre que jamás pisaba fuerte sin haber tanteado antes el terreno, aun cuando sobre él hubiese caminado la víspera.

—Aburrida, señor; hoy se hace una vida en Buenos Aires capaz de purgar todos los pecados que una tenga.

—Eso habrá adelantado usted para cuando pase a la vida eterna —respondió Daniel mirando sus manos y como si ellas solas lo preocupasen.

—Otros tienen más pecados que yo y ganarán el cielo —dijo doña Marcelina meneando la cabeza.

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo, los que usted sabe.

—Hay ciertas cosas que yo las olvido con facilidad.

—Pues yo no, y si viviera doscientos años no dejaría un día de recordarlas.


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