Amalia
Amalia —Mal hecho: perdonar a nuestros enemigos es un precepto de nuestra religión.
—¡Perdonarlos! ¿Perdonarlos después del bochorno que me hicieron sufrir, después de haberme hecho perder mi reputación, confundiéndome con las mujeres públicas? Jamás. Yo tengo un corazón de Capuleto.
—¡Bah! —exclamó Daniel, conteniendo la risa al oír la comparación de doña Marcelina—, usted exagera siempre cuando habla de esas cosas.
—¿Qué dice usted? ¡Exagerar! Pues no es nada, meterme en una carreta junto con las demás; confundirme con ellas; querer mandarme al Arroyo Azul ¡a mí que jamás había recibido en mi casa sino la flor y nata de Buenos Aires! No, no crea usted que fue por mi conducta; fue una venganza política, porque mis opiniones eran conocidas de todos. Mis primeras relaciones fueron con unitarios. Me visitaban ministros, abogados, poetas, médicos, escritores; lo mejor que había en Buenos Aires; y por eso el tirano de Perdriel me puso en lista, cuando Tomás Anchorena decretó el destierro de las mujeres públicas[55]; ese viejo tartufo y usurero que bien hacían en decirle:
El inmortal macuquino,
Gran sacerdote apostólico,
No gastará un real en vino
aunque reviente de cólico[56].
—Hermosos versos, doña Marcelina.