Amalia
Amalia —Rousseau tuvo razón en escribir esa admirable novedad —dijo Daniel, conteniendo la risa que le hervía en el pecho al oír aquel nombre y aquella citación en los labios de doña Marcelina.
—Pues eso fue lo que dijo. ¡Oh, si supiese usted la memoria que tengo! Sabía la Argia y la Dido[57], verso por verso, al otro día de representarse por primera vez.
—¡Admirable memoria!
—Pues así es. ¿Quiere usted que le recite el sueño de Dido, o el delirio de Creón, que tiene unas diez páginas y que empieza así?: «¡Triste fatalidad! Dioses supremos…».
—No, no, gracias —le dijo Daniel, interrumpiéndola, temblando de que quisiera continuar hasta el fin aquel eterno delirio, que hace delirar de fastidio en la tragedia del poeta clásico de los unitarios.
—Muy bien, como usted quiera.
—¿Y ahora qué lee usted, señora doña Marcelina?
—Ahora estoy leyendo el Hijo del Carnaval, para luego leer la Lucinda, que está concluyendo mi sobrina Tomasita.