Amalia
Amalia —¡Excelentes libros! ¿Y quién le presta a usted esa escogida colección de obras? —preguntó Daniel, reclinándose en un brazo del sillón y fijando sus ojos tranquilos y penetrantes en la fisonomía de aquella desacordada mujer.
—A mí no me los prestan; es a mi sobrinita Andrea a quien se los lleva el señor cura Gaete.
—¡El cura Gaete! —dijo Daniel, no pudiendo ya contener la risa, a que dio salida libremente.
—Y yo se lo agradezco mucho; porque las personas que tienen instrucción saben que es necesario que las jóvenes lean lo malo como lo bueno para que no las engañen en el mundo.
—Perfectamente pensado, doña Marcelina; pero lo que no entiendo es cómo una persona, con los principios políticos de usted, acepta la amistad de ese honrado sacerdote que es hoy la más brillante joya de la Federación.
—¡Qué! ¡Si a él mismo le canto «la cartilla» todos los días!
—¿Y la sufre a usted?
—La echa de tolerante. Se ríe, me da la espalda, y se va al cuarto de Gertruditas a leer los libros que lleva.
—¡Gertruditas! También tiene usted otra joven de ese nombre en su casa.