Amalia
Amalia —En los treinta y dos años que he ejercido la noble, ardua y delicada tarea de maestro de primeras letras, he observado que sólo los tontos adquieren una forma de escritura hermosa, clara, fácil, limpia, en poquísimo tiempo; y que todos los niños de grandes y brillantes esperanzas, como tú, no aprenden jamás una escritura regular, mediana siquiera.
—Gracias por la lisonja, pero declaro a usted que yo me avendría mucho con tener menos talento y mejor letra.
—Pero eso no obsta a que me tengas cariñoso y sincero afecto, ¿no es verdad?
—Cierto que no, señor; respeto a usted como a todas las personas que dirigieron mi infancia.
—¿Y me prestarías un servicio el día que tuviese necesidad de ti?
—En el acto, si estaba en mi mano. Hábleme usted con franqueza.
—¿Sí?
—Hoy los quebrantos en la fortuna, por ejemplo, son casi generales. Nada más común que los apuros de dinero en épocas como la que atravesamos. Hábleme usted con franqueza —le repitió Daniel, cuya delicadeza había querido ahorrar a su maestro el disgusto de amplificar la situación pública en cuanto al estado de las fortunas, por si acaso era asunto de dinero el que le traía a su casa.