Amalia
Amalia —A eso iba, genio de pólvora. Lo mismo, lo mismo eras cuando te sentabas a mi derecha con tus rizos hasta los hombros y tu polaquita azul. En cuanto te mandaba escribir, si encontrabas la puerta abierta, dejabas la gorrita y echabas a correr hasta tu casa. Decía pues, que tu posición distinguida a que te han abierto camino dilatado, llano y florido las amistades de tu padre honrado, generoso y patriota, como a la vez tu talento exquisito y tu gusto extremado por el trato franco y cordial de los hombres…
—Muy bueno, ¿y qué puedo hacer por usted?
—Óyeme.
—Oigo.
—Yo sé que a medida que los sucesos apuran, que las circunstancias apremian, es mejor…
—¿Pero no es mucho mejor que me diga usted lo que quiere?
—A ello voy.
«¡Paciencia!» —dijo Daniel entre sí mismo, dominándose como era su costumbre después de algunos años.
—¿Tú tienes relaciones?
—Muchas, adelante.
—Y entre ellas la del señor jefe de policía don Bernardo Victorica. ¿No es verdad?
—Es cierto, y ¿qué es lo que usted quiere?