Amalia

Amalia

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—Óyeme, Daniel. Yo te he enseñado a escribir, yo te quise como a un hijo por lo vivo, alegre, travieso, inteligente, activo…

—Gracias, gracias, señor.

—Tú eres casi el único de mis discípulos cuya amistad cultivo al presente; a este desgraciado presente que envuelto en la nube iracunda, tormentosa y fosfórica de las convulsiones ocultas, de las pasiones desencadenadas, hace o está para hacer la desgracia completa, irremisible y fatal de mi existencia.

—Conque ¿qué es lo que usted deseaba? —preguntóle Daniel mordiéndose los labios, pero sin dejar asomar a su fisonomía la más leve señal de la impaciencia que le agitaba.

—Deseaba, pues, que me hicieras un grande y no menos importante servicio, Daniel.

—Pero eso es lo mismo que me dijo usted al empezar la conversación, señor.

—Despacio, vamos por partes.

—Vamos como usted quiera, vamos.

—¿Tú tienes relaciones?

—Sí, señor.

—¿Poderosas?

—Sí, señor.

—¿Y con Victorica también?

—Sí, señor.

—Entonces Daniel, hazme…


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