Amalia

Amalia

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—¿Qué?

—Daniel, en nombre de tus primeras planas que yo corregía con tanto gusto, hazme… ¿estamos solos?

—Perfectamente solos —le contestó Daniel algo sorprendido al ver que don Cándido se ponía pálido a medida que hablaba.

—Entonces, Daniel querido y estimado, hazme…

—¿Qué?, por todos los santos del cielo.

—Hazme poner en la cárcel, Daniel —dijo don Cándido, pegando su boca a la oreja de su discípulo, que se dio vuelta, y con toda la fuerza de su alma, clavó los ojos en su fisonomía para ver si descubría algo que le convenciera que realmente su maestro estaba loco.

—¿Te sorprendes? —continuó don Cándido—. Sin embargo, yo exijo de ti ese servicio eminente, como el más valioso, importante y caro que puedo recibir de hombre nacido.

—Y ¿qué objeto se propone usted con estar en la cárcel? —interrogó Daniel, que no podía formarse una idea que lo calmase sobre el estado moral de su interlocutor.

—¿Qué objeto? Vivir con seguridad, tranquilo, descansado, mientras pasa la tormenta espantosa y horrísona que nos amenaza.

—¿La tormenta?


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