Amalia
Amalia —Sí, joven, tú no comprendes nada todavía de las terribles y sangrientas revoluciones de los hombres, y sobre todo, de las equivocaciones fatales que hay comúnmente en ellas. El año 20, en aquel terrible año en que todos parecían locos en Buenos Aires, yo fui preso dos veces por equivocación; y estoy temblando de que en el año 40, en que todos parecen demonios, me corten la cabeza por equivocación también. Yo sé lo que hay, sé lo que va a suceder, y quiero estar en la cárcel por alguna causa civil, por alguna causa que no sea política.
—¿Pero qué hay? ¿Qué va a suceder? —preguntó Daniel empezando a traslucir alguna cosa de importancia en el pensamiento de don Cándido.
—¡Qué hay! ¿No lees La Gaceta[58]? ¿No lees todos los días esas terríficas amenazas del furor popular, de sangre, de exterminio, de muerte?
—Pero eso es contra los unitarios, y según creo, usted no ha contraído compromisos políticos.
—Ninguno, pero esas amenazas aterrantes, fulmíneas e incendiarias, no son contra los unitarios, sino contra todos y, además, yo tiemblo de las equivocaciones.
—¡Aprensiones, señor!