Amalia
Amalia —¡Aprensiones! ¡No ves esos hombres de aspecto tremebundo y sangriento, que de algunos meses acá han salido creo que de los infiernos, y que se encuentran en los cafés, en las calles, en las plazas, en las puertas sacras y puríficas de los templos, con sus inmensos puñales a la cintura, afilados como el perfil de la A mayúscula!
—¿Y bien? ¿Usted no sabe que el puñal ha sido y será siempre la espada de la Federación?
—Pero ésos son los síntomas primeros, atronadores y centellantes de la tempestad que he profetizado. El momento faltaba, pero el momento va a llegar.
—¿Y por qué va a llegar ese momento? Hable usted, señor.
—¡Oh! Ése es el secreto que traigo en el pecho como una rueda de puñales desde hoy a las cuatro de la mañana.
—Señor, confieso a usted que si no me habla con claridad y sin secretos en el pecho, no podré entenderle una palabra, y tendré el disgusto de decirle que tengo una forzosa diligencia que hacer a estas horas.
—No, no te irás, oye.
—Oigo, pues.