Amalia

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—¿Qué he de proseguir, qué más necesitamos saber? Todo lo que en seguida contó a su madre no fue sino sobre fiestas, sobre alegría y sobre movimientos militares en las provincias, declarándose casi todas contra Rosas.

—Pero pronunciaría algún otro nombre, alguna cosa especial.

—Ninguna. Estuvo apenas diez minutos con su madre; y se fue después de darle algún dinero y de besarle la mano, prometiéndole que hoy volvería, si no lo despachaban de madrugada; porque ese hijo, ¡oh!, te voy a contar toda la historia…

—¿Qué edad tiene ese hombre?

—Es joven, veintidós o veintitrés años a lo más; alto, rubio, nariz aguileña, buen mozo, gallardo, fuerte, varonil.

«A los veintidós años un hombre no es comúnmente malo. Un hijo que atiende a su madre desde lejos, es un hombre de corazón. No tenía interés ninguno en engañar a su madre. Don Cándido no ha mentido en una palabra de cuanto me ha dicho, luego el suceso es cierto. ¡Providencia divina!» dijo Daniel para sí mismo, sin dar atención a los últimos adjetivos de don Cándido.

—Y bien —continuó—, será muy cierto cuanto usted me dice del general Lamadrid, pero no alcanzo la consecuencia personal que saca usted para sí mismo.


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