Amalia

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—Todas las palabras las tengo en la memoria como grabadas con candente fierro. Le dijo que los pliegos eran de unos señores muy ricos de Tucumán, en que le anunciarían al gobernador, probablemente, lo que había hecho el general Lamdrid. Nicolasa, curiosa, indagadora, como toda mujer, le hizo preguntas a este respecto, y el hijo, conjurándola a que guardase el más profundo silencio, le refirió que luego de llegar Lamadrid a Tucumán se pronunció públicamente contra Rosas, que todo el pueblo lo había recibido en fiesta, y que el gobierno lo había nombrado, y hecho reconocer, general en jefe de todas las tropas de línea y milicia de la provincia, como también por jefe del estado mayor al coronel don Lorenzo Lugones, y jefe de coraceros del Orden al coronel don Mariano Acha. ¡Imagínate, hijo mío, la impresión que todo esto me causaría, desnudo como estaba yo en la puerta de Nicolasa!

—Sí, sí, prosiga usted —dijo Daniel, que estaba devorando palabra por palabra cuantas salían de la boca de don Cándido, que hubiese querido pagar con toda su fortuna, y que, sin embargo, no obraban la menor alteración en su exterior, pues que estaba oprimiendo los movimientos de su fisonomía, con la potencia irresistible de su voluntad.



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