Amalia

Amalia

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—Prosiga usted, señor.

—Prosigo. Me tiré de la cama, abrí sin hacer ruido el postigo de la ventana: después una rendija de ésta. La noche estaba oscura, pero distinguí que al otro lado de la puerta, en la ventana de Nicolasa, mi sirvienta, el hombre de a caballo estaba llamando sin mucho ruido, y que, en seguida, y después de cambiadas algunas palabras que no oí, la ventana se abrió y el hombre entró en el cuarto. Mis ideas se confundieron, mi cabeza era un horno volcanizado y ardiente, me creí vendido, y sin perder un momento salí descalzo al patio, y fui a mirar por el ojo de la llave en el cuarto de Nicolasa. Y ¿a quién te parece que reconocí?

—Dígalo usted, y lo sabré con más propiedad.

—Al hijo obediente, sumiso y cariñoso de Nicolasa, que la estaba abrazando. Sin embargo, yo no me retiré por eso; quise convencerme bien de que no me amenazaba ningún peligro eminente, y escuché atento. Nicolasa ofreció hacerle una cama, pero él rehusó, diciéndole que tenía que volver en el acto a la casa del gobernador, que venía de chasque de la provincia de Tucumán, y hacía un momento que había entregado los pliegos.

—Prosiga usted, pero sin olvidar cosa alguna —le dijo Daniel, a quien ya no importunaban los adjetivos, los episodios, ni los circunloquios.


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