Amalia
Amalia —Mi casa, pues, tiene una puerta de calle, y el cuarto de mi sirvienta una ventana sin reja que da a la calle. Después de estos últimos meses, en que todos vivimos temblando en Buenos Aires, el sueño ha huido fugitivo de mis ojos, y no es dormir, sino estar en pesadilla lo que yo hago. Yo concurría a una tertulia de malilla, en casa de unos amigos antiguos, honrados, leales, que no hablan jamás de la recóndita política de nuestro tiempo adverso, desgraciado y calamitoso; pero ya no concurro, y desde la oración me encierro en mi casa.
—¡Válgame Dios, señor! Pero ¿qué tiene que ver la tertulia de malilla con…?
—A eso voy.
—¿Adónde? ¿A la tertulia de malilla?
—No, al acontecimiento.
—Al de Lamadrid.
—Sí.
—¡Gracias a Dios!
—Anoche, a las cuatro de la mañana, estaba yo desvelado como de costumbre, cuando de repente siento que un caballo para a la puerta, y que el ruido de un latón decía claramente que el hombre que se desmontaba era un oficial o un soldado. Yo no soy hombre de armas; tengo horror a la sangre, y te lo confesaré todo, mi cuerpo se puso a temblar y un sudor frío me bañó de los pies a la cabeza, la cosa no era para menos, ¿no es verdad?