Amalia
Amalia —No te incomodes, mi Daniel querido y estimado. Óyeme y te convencerás de lo que digo. Tú sabes que después que dejé la clase de escritura, es decir, hace cuatro años, me retiré a mi casa a vivir tranquilamente del fruto de mi pequeño capital. Y, para que cuidase de la casa y de mi ropa, conservé a mi servicio una mujer de edad, blanca, arribeña; muy buena mujer, aseada, prolija, económica.
—Pero, señor, ¿qué tiene que ver esa mujer con el general Lamadrid?
—Ya lo verás. Esa mujer tiene un hijo, que después de diez años trabajaba de peón en Tucumán, ¡hijo excelente, jamás deja de mandarle una parte de sus ahorros a su madre! Habiéndote dicho esto, ¿lo has oído bien?
—Demasiado bien, señor.
—Entonces vamos a lo que hace a mí. Mi casa tiene una puerta de calle. ¡Ah! Se me olvidaba decirte que el hijo de la mujer que me sirve vino de chasque a mediados del año pasado, ¿estás?
—Estoy.