Amalia
Amalia —Lo único que pienso es que, con tales temores, lo mejor que podrá usted hacer, será no salir de su casa mientras llega y se acaba la tormenta horrísona, como usted la llama.
—Y ¿qué sacamos con eso? Se entrarán a mi casa por entrarse a la del vecino, y por matar a Juan de los Palotes, matarán a don Cándido Rodríguez, antiguo maestro de primeras letras, hombre honrado, pacífico, caritativo y moral.
—¡Oh! ¡Pero eso sería una cosa horrible!
—Sí, señor, horrible para mí, espantosa, cruel, pero que no por eso dejaría yo de sufrirla inocente y doloridamente.
—¿Pero, qué hacer, entonces?
—Evitarla, impedirla, estorbarla, repelerla, escaparla, huirla.
—¿Y cómo?