Amalia
Amalia —Escucha. Entrando en la cárcel, no por orden del señor gobernador, sino por alguna otra orden subalterna, el gobernador, que no me conoce y que no sabrá nada, porque no se me pondrá preso por causas políticas, no dará orden ninguna contra mi persona. La cárcel no ha de ser invadida, y si lo fuese, el alcalde tendrá tiempo de informar sobre los motivos de mi prisión. Viviré en la cárcel tan felizmente como en mi casa, una vez que viva tranquilo. Los soldados no me asustarán, al contrario, ellos serán mi garantía contra todo asalto de la Sociedad Popular, sobre todo contra toda equivocación.
—Todo eso no pasa de ser un desatino, pero suponiendo que fuese una cosa muy racional, ¿cómo quiere usted, señor don Cándido, que lo haga yo poner en la cárcel?, ¿de qué pretexto valerme?
—¡Pero eso es lo más fácil! Yo te lo diré: te vas a ver ahora mismo a Victorica y le dices que yo te acabo de insultar groseramente, y que mientras entablas tu acción criminal, pides mi prisión en el día; me llevan preso, yo no reclamo, tú no das paso alguno, y heme aquí en la cárcel, hasta que yo te pida que me saques de ella.