Amalia
Amalia —Exijo o pido, como usted quiera; pero quiero ¿entiende usted, señorita? Quiero una explicación de esta escena —dijo, volviendo a apoyar su mano en el respaldo de la silla.
—Calma, señor, calma: necesita usted mucho de su voz, y hace mal en gastarla alzándola tanto. ¿Supongo no querrá usted olvidar que es a una mujer a quien está hablando?
Daniel se estremeció. Esa reconvención le era más amarga todavía que las anteriores palabras de Florencia.
—¡Yo estoy loco, debo estar loco, Dios mío! —exclamó, bajando la cabeza y apretando sus ojos con la mano.
Un momento de silencio volvió a reinar en la sala.
Daniel lo interrumpió al fin.
—Pero, Florencia, el proceder de usted es injusto, inaudito; ¿me negará usted el derecho que tengo para solicitar una explicación?
—¡Una explicación! ¿Y de qué, señor? ¿De mi proceder injusto?
—Eso es lo que pido, señorita.
—¡Bah! Eso es pedir una necedad, caballero. En la época en que vivimos no se piden explicaciones de las injusticias que se reciben.