Amalia
Amalia —Porque bien tiene obligación de oír lo que se le dice, y comprender las cosas, aquel que tiene dos oídos, dos ojos y dos… ¡almas!
—¡Florencia! —exclamó Daniel, con voz irritada— aquí hay una injusticia horrible, y yo exijo una explicación ahora mismo.
—Exijo, ¿ha dicho usted?
—Sí, señorita, lo exijo.
—¿Me hace usted el favor de volver a repetirlo?
—¡Florencia!
—¿Señor?
—¡Oh! Basta, esto ya es demasiado.
—¿Le parece a usted?
—Me parece, señorita, que esto o es una burla indigna, o es buscar un pretexto de rompimiento, bien incompatible con personas de nuestra clase; y tres años de constancia y de amor me dan derecho a interrogar por la causa de un procedimiento semejante; y a pedir la razón del modo por que así se me trata.
—¡Ah! Ya no exige usted, pide, ¿no es verdad? Eso es otra cosa, mi apreciable señor —dijo Florencia, midiendo a Daniel de pies a cabeza con una mirada la más altiva y despreciativa posible.
Toda la sangre de Daniel subió a su rostro. Su amor propio, su honor, la conciencia de su buena fe, todo acababa de ser herido por la mirada punzadora de Florencia.