Amalia
Amalia —Por el cielo, o por el infierno, ¿dónde es ese paraje a que está usted haciendo esas alusiones insoportables?
—¿De veras?
—¡Florencia, esto es horrible!
—No tal; es bien divertido.
—¿Qué?
—Hablo de la gruta. ¿Son muy bellos los jardines, señor?
—¿Pero dónde, dónde?
—En Barracas, por ejemplo —y diciendo estas palabras, la joven dio la espalda a Daniel y empezó a pasearse por la sala con el aire más negligente del mundo, mientras en su inexperto corazón ardía la abrasadora fiebre de los celos; esa terrible enfermedad del amor cuyos mayores estragos se obran a los dieciocho años y a los cuarenta años en la vida de las mujeres.
—¡En Barracas! —exclamó Daniel dando precipitadamente algunos pasos hacia Florencia.
—Y bien ¿no estaría usted perfectamente allí? —continuó la joven, volviéndose a Daniel—. Además —continuó moviendo la cabeza y repitiendo su gesto favorito—, usted tendría cuidado de que no lo hiriesen, para evitar el que su retiro fuese descubierto por los médicos, los boticarios o las lavanderas.
—¡En Barracas! ¡Herido! Florencia, me matas si no te explicas.