Amalia
Amalia —¡Oh! No se morirá usted; a lo menos hará usted lo posible por no morirse en la época más venturosa de su vida. Ni siquiera temo que se deje usted herir en el muslo izquierdo, que debe ser una terrible herida cuando es hecha por un sable enorme.
—¡Somos perdidos, Dios mío! —exclamó Daniel, cubriéndose el rostro con sus manos.
Un momento de silencio reinó entre aquellos dos jóvenes que, amándose hasta la adoración, estaban, sin embargo, torturándose el alma, al influjo del genio perverso que había soplado la llama de los celos en el corazón de una mujer joven y sin experiencia.
Pero ese silencio cesó pronto. Sin dar tiempo a que Florencia lo evitase, Daniel se precipitó a sus pies, y de rodillas, oprimió entre sus manos su cintura.