Amalia
Amalia —Por el amor del cielo, Florencia —le dijo alzando los ojos hacia ella, pálido como un cadáver—, por ti, que eres mi cielo, mi dios y mi universo en este mundo, explícame el misterio de tus palabras. Yo te amo. Tú eres el primer amor, el último amor de mi existencia. Ella te pertenece como tu alma, luz de mi vida, encanto angelicado de mi corazón. Mujer ninguna es en el mundo más amada que tú. Pero ¡oh, Dios mío! No es el amor lo que debe ocuparnos en este momento solemne en que está pendiente la muerte sobre la cabeza de muchos inocentes, y quizá yo entre ellos, alma del alma mía. Pero no es mi vida, no, lo que me inquieta; hace mucho tiempo que la juego en cada hora del día, en cada minuto; mucho tiempo que sostengo un duelo a muerte contra un brazo infinitamente superior al mío; es la vida de… Oye, Florencia, porque tu alma es la mía, y yo creo hacerlo en Dios cuando deposito en tu pecho mis secretos y mis amores; oye: es la vida de Eduardo y la de Amalia la que peligra en este momento; pero la sangre de ellos no puede correr sino mezclada con la mía, y el puñal que atraviese el corazón de Eduardo ha de llegar también hasta mi pecho.