Amalia

Amalia

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—¿Su ruina? ¿Y por qué, Daniel? ¿Por qué? —y Florencia agitaba con sus manos los hombros de Daniel, porque su palidez y sus palabras imprimían el miedo en su corazón.

—Porque para Rosas la caridad es un crimen. Eduardo está en Barracas, y tú has nombrado ese lugar, Florencia; Eduardo está herido en el muslo izquierdo, y…

—¡Nada saben, nada saben! —exclamó Florencia radiante de alegría, y palmeándose sus pequeñitas manos—, nada saben, pero pueden saberlo todo. ¡Oye!

Y Florencia, que ya no se acordaba de sus celos desde que tantas vidas estaban pendientes de sus palabras, levantó ella misma a su querido, y sentándolo, y ella a su lado, en las primeras sillas que encontró, refirióle en cinco minutos su conversación con la señora de Mansilla y doña María Josefa. Pero a medida que iba llegando al punto de la conversación sobre Amalia, su semblante se descomponía, y sus palabras iban siendo más marcadas.

Daniel la oyó hasta el fin sin interrumpirla, y en su semblante no apareció la mínima alteración al escuchar el episodio sobre sus visitas a Barracas, lo que no escapó a la penetración de la joven.


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