Amalia
Amalia —¡Infames! —exclamó luego que aquélla había concluido su narración—. Toda esa familia es una raza del infierno. Toda ella, y todo el partido que pertenece a Rosas tiene veneno en vez de sangre, y cuando no mata con el puñal, habla y mata el honor con el aliento. ¡Infame! ¡Complacerse en torturar el corazón de una criatura! ¡Florencia! —continuó Daniel, volviéndose a ésta—, yo te insultaría si creyese que puedes poner en competencia mis palabras con las de esa mujer. Cuanto te ha dicho no es más que una calumnia con que ha querido martirizarte; porque el martirio de los demás es el placer de cuantos componen la familia de Rosas. Es una calumnia, lo repito; y yo creo que no puedes poner en balanza la palabra de esa mujer y la mía.
—Así es en general; pero en este caso, Daniel, lo más que puedo hacer es suspender mi juicio.
Florencia no dudaba ya; pero ninguna mujer confiesa que ha procedido con ligereza en una acusación hecha a su amante.
—¿Dudas de mí, Florencia?
—Daniel, yo quiero conocer a Amalia, y ver las cosas por mis propios ojos.
—La conocerás.
—Quiero frecuentar su relación.
—Bien.
—Quiero que sea en esta semana el primer día en que nos veamos.