Amalia
Amalia —Bien ¿quieres más? —contestó Daniel con seriedad.
—Nada más —respondió Florencia, y extendió su mano a Daniel, que la conservó entre las suyas. En cualquier otra ocasión habrÃa impreso un millón de besos en esa mano tan querida, pero en ésta, fuerza es decirlo, su espÃritu estaba preocupado con los peligros que amenazaban a sus amigos de Barracas.
—¿Estás segura que el bandido no dio ninguna seña particular de Eduardo? —le preguntó Daniel.
—Cierto; ninguna.
—Necesito retirarme, Florencia mÃa y, lo que es más cruel, hoy no podré volver a verte.
—¿Ni a la noche?
—Ni a la noche.
—¿Acaso irá usted a Barracas?
—SÃ, Florencia, y no regresaré hasta muy tarde. ¿Crees tú que no debo estar al lado de Eduardo, velar por su vida y por la suerte de mi prima, a quien he comprometido en este asunto de sangre? ¿Que debo abandonar a Eduardo, a mi único amigo, a tu hermano, como tú le llamas?
—Anda, Daniel —contestó Florencia, levantándose de la silla y bajando los ojos, cuyo cristal acababa de empañarse por una lágrima fugitiva, cosa rarÃsima en esa joven.
—¿Dudas de mÃ, Florencia?