Amalia
Amalia —Anda, cuida de Eduardo; es cuanto hoy puedo decirte.
—Toma, no nos veremos hasta mañana y quiero que quede en ti lo que jamás se ha separado de mi pecho —y Daniel se quitó del cuello una cadena tejida con los cabellos de su madre y que Florencia conocía bien. Este rasgo de la nobleza de su amante hizo vibrar la cuerda más delicada de la sensibilidad de su alma; y cubriéndose el rostro mientras Daniel le colocaba la cadena, las lágrimas aliviaron al fin las angustias que acababan de oprimir su tierno corazón. Ya no dudaba; ya no tenía sino amor y ternura por Daniel; porque un instante después de haber llorado en una tierna reconciliación, una mujer ama doblemente a su querido.
Dos minutos después, Florencia, sentada en un sofá, besaba la cadena de pelo, y Daniel volvía a tomar la calle de Venezuela.