Amalia

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—Espere usted un momento. Luego que usted se siente, haga que el secretario lea la lista de los presentes, porque es preciso, coronel, que demos a nuestra sociedad federal el mismo orden que hay en la sala de representantes.

—Sí, ya se lo he dicho a Boneo, pero es un haragán que no sabe más que hablar.

—No importa, vuelva usted a decírselo, y lo hará.

—Bueno, entremos.

Y el presidente Salomón y Daniel Bello, vestido con su misma levita negra abotonada, pero con una divisa algo más larga y sin sus guantes blancos, entraron en la sala de la sesión.

—Buenas tardes, señores —dijo Salomón con el tono más serio y magistral del mundo, encaminándose a ocupar la silla que había delante de la mesa de pino.

—Buenas tardes, presidente, coronel, compadre, etcétera —contestó cada uno de los presentes, según el título que acostumbraba a dar a don Julián Salomón; lanzando todos a la vez una mirada sobre aquel hombre que acompañaba al presidente y en el que echaban de menos los principales atributos federales en el vestido, y hallaban de más una cara y unas manos demasiado finas.


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