Amalia

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—Señores —dijo Salomón—, el señor es don Daniel Bello, hijo del hacendado don Antonio Bello, patriota federal, a quien yo le debo muchos servicios. El señor, que es tan buen federal como su padre, quiere entrar en nuestra Sociedad Restauradora, y está esperando que llegue su padre para incorporarse con él, y entretanto quiere venir algunas veces a participar de nuestro entusiasmo federal. ¡Viva la Federación! ¡Viva el Ilustre Restaurador de las Leyes! ¡Mueran los inmundos asquerosos franceses! ¡Muera el rey guarda-chanchos Luis Felipe! ¡Mueran los salvajes asquerosos unitarios, vendidos al oro inmundo de los franceses! ¡Muera el pardejón Rivera!

Y esas exclamaciones, lanzadas por la atronadora voz del presidente Salomón, fueron repetidas en coro por todos los asistentes que, a la par que gritaban, hacían círculos por sobre su cabeza con el puñal que desenvainaron desde el primer grito de su presidente; y esta grita, que se oía en cuatro cuadras a la redonda, fue repetida por la turba que transitaba la calle, no cuidándose mucho en decir ¡Viva!, cuando Salomón gritaba ¡Muera!, y viceversa.

Calmado el huracán, Salomón se sentó en su silla, su secretario Boneo a su izquierda y nuestro joven Daniel a su derecha.


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