Amalia
Amalia En toda esta escena, Daniel era el único de los personajes en cuya fisonomía no hubiera podido distinguirse por nadie la mínima alteración, la mínima expresión, ni de entusiasmo, ni de miedo, ni de afección, ni enojo. Frío, tranquilo, imperturbable, él observaba hasta lo íntimo del pensamiento y la conciencia de cuantos le rodeaban, sin dejar de calcular las ventajas que podría sacar del frenesí de los otros.
Apagada la tormenta de gritos, Daniel pidió la palabra al presidente con el aire más resuelto del mundo, y obtenida, dijo:
—Señores, yo no tengo todavía el honor de pertenecer a esta ilustre y patriótica sociedad, aun cuando espero incorporarme a ella dentro de poco tiempo; pero mis opiniones y amistades son conocidas de todos, y espero con el tiempo poder prestar a la Federación y al Ilustre Restaurador de las Leyes servicios tan distinguidos como los que le prestan los miembros de la Sociedad Popular Restauradora, que ya son conocidos tanto en la república como en toda la América.
Nuevos aplausos y nuevos gritos siguieron a este tan lisonjero exordio.