Amalia
Amalia El otro se quitó el sombrero, sacó de él un rollo de billetes de banco, y dio uno de ellos a su compañero, quien, tomándolo con la mano izquierda, lo aproximó a la brasa del cigarro que tenía en la boca y, aspirando con fuerza, iluminó todo el billete con los reflejos de la brasa activada por la aspiración.
—¡Cien! —dice aquel que había entregado el billete, y cuya cara se había juntado con la del otro para ver junto con él el número.
—¡Cien! —dice el del cigarro, arrojando por la boca una gruesa nube de humo.
Y la misma operación que con el primer billete, se hace con treinta de igual valor; y después de repartirse 1500 pesos cada uno de los dos hombres, mitad de los 3000 que sumaban los treinta billetes de 100 pesos, dice aquel que alumbraba los papeles:
—¡Yo creía que sería más! ¡Si hubiésemos degollado al otro nos hubiese tocado la bolsa de onzas!
—¿Y adónde se iban esos unitarios? Al ejército de Lavalle[12], ¿no es verdad?
—¡Pues! ¿Y adónde se habían de ir? Lo que yo siento es que no se quieran ir todos para que tuviéramos de éstas todas las noches.
—¡Pero, y si alguna vez entra Lavalle y alguien nos delata!